Cuando comencé a adentrarme en el mundo del café de
cafetería, tenía una pequeña máquina de expreso doméstica
de una marca que llamaremos «K». No tengo nada en contra
de la marca, pero varios años después me di cuenta de que
-metafóricamente hablando- estaba intentando aprender
piano, pero practicando en casa con un violín.
Cuando trabajaba como barista, utilizaba una máquina de
expreso comercial, que producía cafés de calidad
satisfactoria y leche con textura. Pero cuando volvía a casa,
mi máquina doméstica me daba resultados opuestos.
Fui un ingenuo al comparar la calidad de una máquina
pequeña que costaba 150 dólares con una máquina
comercial que costaba 4.000 dólares. No se trataba sólo del
precio, sino también de las especificaciones. Por ejemplo, la
varilla de vapor (que produce vapor para calentar la leche)
de la máquina de la marca anteriormente mencionada, tenía
un único orificio mientras que la mayoría de las máquinas
comerciales tenían varillas de vapor con 4 orificios que
producían una mejor textura de la leche.